El amor, sin adjetivos. Esteban Valenti
03.04.2025
El amor no necesita adjetivos porque cada uno de nosotros le agrega los suyos y lo hace personal, único e intransferible. El amor es absolutamente una condición humana y no deberíamos confundirla, aunque hay animales que pueden brindar mucho cariño y que entre ellos también se quieren. El amor es otra cosa.
El cariño puede existir en muchas otras formas de las relaciones humanas, pero no debe confundirse con el amor. Es la palabra con más presencia en la literatura, en el cine, el teatro y el arte en general. Y lo tiene bien ganado, porque es etéreo, sutil, violento, apasionado y mil otras cosas más. Y todavía no se inventó el último término para referirse al amor.
Es posible que alguien pase toda la vida cerca pero en definitiva no conozca el amor, o lo reduzca a su expresión más pobre. Eso es media vida.
La mejor crónica de nuestras vidas, son los recuerdos sobre el amor, es siempre la mejor versión de nosotros mismos.
El amor no necesita obligatoriamente a dos personas, es posible enamorarse solo, padecerlo, mirarlo de lejos o de muy cerca y sufrirlo. Es de las sensaciones más dolorosas, que más afectan nuestras vidas. Quien no lo ha vivido es imposible que lo imagine, solo puede hacer un gran esfuerzo y proyectar sus momentos o su momento de amor y transformarlo en ausencia. Y rozará apenas la frustración del amor sin compañía.
Estos son tiempos electrónicos, bélicos, tecnológicos, llenos de incógnitas, de preguntas sin respuestas, de dudas como nunca antes habíamos tenido y sobre todo en un siglo de inteligencia y de conocimiento y el amor sigue allí, esperando o conquistado, combatiendo su diaria batalla tan vital y personal.
Nadie, absolutamente nadie en todos los billones de seres humanos que poblaron y siguen poblando este planeta tuvo una historia de amor o de amores igual a otro o a otra. Es totalmente intransferible y hemos tratado de contarlo, de relatarlo, de representarlo pero en definitiva termina en la sensibilidad de cada uno que lo recibió o lo recibe y lo personaliza. No hay amores universales o simplemente duplicados. Ni en intensidad, ni en sensibilidad, ni en brutalidad. Son absolutamente únicos y solo cada uno puede sentirlo lo que no debe confundirse con explicarlo.
El amor es la combinación perfecta de lo más etéreo, sensual, físico, sexual y lo que queramos agregarle con nuestra imaginación. También tiene su lado práctico, terrenal, utilitario y el tiempo es su constructor y puede ser su destructor.
La costumbre, dejar que la vida transcurra y oxide todo, engranaje por engranaje, pasión por pasión, transforma el amor en otra cosa. En que otra cosa, solo nosotros podemos decirlo. No es cierto que el tiempo obligatoriamente destruye el amor. Puede durar unas pocas horas o una vida, es en cierto sentido una de nuestras principales sensaciones sobre nuestro tiempo.
El ataque del amor es lo más deseado y lo más peligroso, es una pasión que puede arrollarlo todo, su ausencia es mucho peor, nos aplasta.
Vivimos un tiempo con una rivalidad única y en debate, entre la inteligencia humana y artificial, se hacen previsiones de quien vencerá, quien se adaptará mejor, quien dominará a quien, lo que es absolutamente seguro es que solo los humanos sentimos y sentiremos amor y no hay nada parecido en los circuitos electrónicos. Y esa es una diferencia insuperable.
Transformar esa diferencia insuperable, el amor, en parte de la batalla por la supremacía, que ya estuvo presente en el maquinismo es aprovechar con inteligencia y sensibilidad un arma imbatible. Ellas, las máquinas, las más veloces, las más perfectas no pueden sentir ni generar amor. Aunque lo intentan.
El amor no es equilibrio, al contrario, en algunos momentos, más o menos prolongados es todo lo contrario, es una tempestad indomable. Por eso es tan hermoso, nos lleva cerca de todos los límites.
El reloj y el calendario son implacables, precisos, aunque el amor puede cambiar esas medidas radicalmente, por las ausencias y por la espera de los encuentros. El amor tiene sus propias medidas del tiempo.
La perfección no tiene nada que ver con el amor que tiene sus propias medidas, sus sentimientos irreproducibles, sus tenues o avasalladoras señales, sus bucles, sus ojos, sus siluetas, sus pechos, sus suspiros, sus muslos, sus palabras únicas.
El amor ha causado enormes convulsiones, duelos, enemistades feroces, hasta guerras, fracturas religiosas y políticas que al final nunca resolvieron nada.
El amor se puede manifestar de muchas, muchísimas maneras, con besos, caricias, abrazos, suspiros, cartas, canciones y músicas, esperas, grandes o pequeños placeres y desenfrenos. Los límites son solamente mutuos.
Uno de los peores dolores, irreparable, es la desaparición de un amor. Los recuerdos y las nostalgias son heridas siempre abiertas, clavadas muy hondo donde no llega el consuelo.
El amor es joven, jovial, turbulento o placido y no tiene edad. Es insólito.
El que crea que el amor es el paraíso es de mirada corta e inexperta, el amor también puede ser el infierno y el purgatorio, por eso es total.
Las canciones que más te gustan y recuerdas, las películas que verías muchas veces, los cuadros y esculturas que te dejaron recuerdos imborrables te hablan de tu amor, de las maneras más sutiles y completas.
El amor es tan ciego y positivo que se tiene la sensación de que todos los caminos que recorriste antes de enamorarte te llevaron hacia ella o hacia él. Y no es cierto, solo es una ilusión. El amor es una potente ilusión, posiblemente la más fuerte que llena o llenó tu vida.
No se puede amar otra cosa que a un ser humano, lo otro, todo lo otro es otra cosa completamente diferente.
El amor y la amistad pueden estar muy cerca, pero nunca son iguales. Pueden comenzar de esa manera y elevarte hacia la otra, pero sin el salto, sin el vuelo nunca será amor.
De amor se muere, se ha muerto, se ha matado y escapado, pero sobre todo se vive y se ha vivido.
El amor puede estar lleno de magia, por ejemplo hacerte olvidar como olvidarla, te puede poner ambicioso de las más diversas maneras, sobre todo de instantes inolvidables, luciérnagas inapagables.
El amor no tiene una contracara, el odio es de otra dimensión, es enfermo, destructivo, voraz solo se parecen en una cosa: los dos son humanos, solo humanos.
La traición es el peor castigo para el amor, es imperdonable, te denigra a ti y al amor.
No hay ninguna ciencia posible que se ocupe del amor, que trata de explicarlo.
Menos mal que Eva tentó a Adam con una manzana, si no la hubiera aceptado seríamos un gran desierto.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.bitacora.com.uy) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es) y de Other News (www.other-news.info/noticias).